James Jackson Jeffrie (blanco) se enfrentó a Jack Johnson (negro) el 4 de julio de 1910 en el "combate del siglo". Púgiles simbólicos, Jeffrie fue noqueado.
El poder cinegético no deja de ser en gran medida un poder territorial. Si el pastor no conoce más que un sólo tipo de espacio, el del pasto, el cazador circula constantemente entre dos espacios, o para ser más exactos, entre un espacio y un territorio: Nemrod es a la vez cazador y fundador de la ciudad. Reina en Babel, pero sale con frecuencia al espacio exterior para cazar presas que luego lleva y amontona entre sus murallas. Es un movimiento de anexión que toma del espacio exterior y acumula en el interior. Aunque se expande a partir de un territorio, el poder de Nemrod no está limitado en su expansión depredadora por ningún límite exterior. Se ejerce a partir de un territorio de acumulación sobre los recursos de una exterioridad indefinida. La dinámica del poder cinegético avanza por estas dos líneas: centralización por al anexión de los recursos exteriores y verticalización por la acumulación de las presas en el territorio interior.
*Nimbrod Filius Chus, en Athanasius Kircher, Turris Babel, Jansonius van Waesberge, Ámsterdam, 1679
**Chamayou, Grégoire, Las cazas del hombre, errata naturae, 2012.
Aunque los nuba son negros, no arios, el retrato que de ellos hace Riefensthal evoca algunos de los temas más generales de la ideología nazi: el contraste entre lo limpio y lo impuro, lo incorruptible y lo manchado, lo físico y lo mental, lo gozoso y lo que ve las cosas con sentido crítico [...] Lo que hay de distintivo en la versión fascista de la antigua idea del noble salvaje es su desprecio a todo lo que sea reflexivo, crítco y pluralista. El catálogo de Riefensthal de la virtud primitiva recuerda poderosamente la retórica fascista cuando celebra la manera en que los nuba son exaltados y unificados por las pruebas físicas de encuentros guerreros, luchando no por premios materiales, sino por la «renovación de la sagrada vitalidad de la tribu».
*Riefensthal, Leni. The last of the nuba. Harper, Nueva York, 1974.
**Sontag, Susan. Bajo el signo de Saturno (Fascinante Fascismo). De bolsillo, 2007.
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Se le acercaron numerosas muchedumbres. El, subiendo a una barca, se sentó, quedando las muchedumbres sobre la playa, y El les dijo muchas cosas en parábolas: Salió un sembrador a sembrar, y de la simiente, parte cayó junto al camino, y viniendo las aves, la comieron. Otra cayó en un pedregal, donde no había tierra, y luego brotó, porque la tierra era poco profunda; pero levantándose el sol, la agostó, y como no tenía raíz, se secó. Otra cayó sobre tierra buena y dio fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos que oiga.
Aunque próxima al caos, por no agradar al mercado, lejos estás de la tierra que tu cuna fue. Lo que con el alma buscaste y creíste encontrar
hoy lo desechas, peor que chatarra valorado.
Desnuda en la picota del deudor, sufre una nación a la que dar las gracias era antaño lo más natural. País condenado a ser pobre, cuya riqueza adorna cuidados museos: botín por ti vigilado. Los que invadieron con armas esa tierra bendita de islas llevaban, con su uniforme, a Hölderlin en la mochila. País tolerado ya apenas, a cuyos coroneles toleraste un día en calidad de aliados. País sin ley al que el poder, que siempre tiene razón, aprieta el cinturón más y más. Desafiándote viste de negro Antígona, y en el país entero hoy lleva luto el pueblo cuyo huésped eras. Pero, fuera de ese país, el cortejo de parientes de Creso ha acumulado en tus cámaras cuanto brillaba dorado. ¡Bebe de una vez, bebe! grita la clac de los comisarios, pero airado te devuelve Sócrates su copa a rebosar. Maldecirán los dioses a coro lo que te pertenece, pero sin tu permiso no se podrá expropiar el Olimpo. Sin ese país te marchitarás, Europa, privada del espíritu que un día te concibió.
Defenderás una a una las letras de tu nombre, como hace una gata con sus crías. Harás lo que tienes que hacer: defender el derecho de la ventana a mirar al que pasa. No te ensañes contigo porque no tengas pruebas: el aire es el aire, no necesitas pruebas de limpieza de sangre. No te arrepientas... no lamentes haberte quedado dormido y que dejaras de apuntar el nombre de algún invasor en el libro de arena. Las hormigas escriben y la lluvia borra. Ni lamentes que al depertar repararas en que habías estado soñando y que no habías preguntado a nadie si era un pirata, cuando a ti sí te lo habían preguntado. ¿Por qué habría de armarse de legajos y fusiles la evidencia si le basta con aperos de madera, cántaros, un aceite que alumbra sin mecha, un corán, ristras de pimientos y okras y un caballo que no guerrea?
*La iglesia de Birwa -pueblo natal de Darwix- en la década de los cincuenta. Mahmud Kayyal.
*Darwix, Mahmud. En presencia de la ausencia. Pre-Textos, 2011.
En la primavera de 1950, en la plaza de un pueblo siciliano donde Gide
pasaba sus vacaciones (era el último año de su vida), tuvo otro encuentro con
Cocteau, un encuentro de despedida del que el autor de estas notas fue testigo.
Gide solía pasarse la mañana en la plaza, dormitando al sol. Permanecía
sentado, bebiendo sorbos de agua salada de una botella recién traída del mar,
inmóvil como un mandarín, envuelto en una invernal capa negra de lana y tocado
con un sombrero de fieltro de alas anchas que sombreaba su rostro severo, como
de arpía; era un ocioso ídolo-santo (en cierto sentido) a quien nadie dirigía
la palabra y que no hablaba con nadie, exceptuando alguna conversación
ocasional con cualquier Ganómedes del lugar que despertara su fantasía. Una
mañana, Cocteau entró caminando lentamente en la plaza haciendo girar su bastón
y trató de interrumpir los ensueños de Il Vecchio (como los ragazzi
del lugar llamaban al distinguido octogenario)[...] Cocteau seguía mostrándose
ansioso por agradar, seguía siendo la bailarina libélula en cuyas alas se
reflejaba el arco iris, una libélula que invitaba al sapo no sólo a que la
admirara sino incluso quizá a que la deborara. Bailaba a su alrededor, y su
alborozado retintín le hacía la competencia a la música de las campanillas de
los carros tirados por burros que pasaban junto a ellos, desparramaba rayos de
amargo ingenio que picaban como el sol de Sicilia, parecía expandirse, se
entusiasmaba y acariciaba la rodilla del anciano, le cogía las manos, le
estrujaba los hombros, le besaba las apergaminadas mejillas mongólicas, pero
era en vano, nada despertaba a Il Vecchio: parecía que se le revolviera
el estómago sólo de pensar en digerir un forraje de tan caprichosos colores,
así que continuó siendo un sapo inapetente sentado en medio de un matorral
espinoso hasta que, por fin, se dignó croar: «¡Estáte quieto! ¡Echas a perder
la vista!»